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¿Para qué un mapa?

Texto: Pablo Jarauta

“El mapa ha entrado en la época de la sospecha, ha perdido su inocencia. Ya no podemos, hoy en día, contemplar una historia de la cartografía sin una dimensión antropológica, atenta a la especificidad de los contextos culturales, y teórica, que refleje la naturaleza misma del objeto, sus poderes intelectuales e imaginarios”
(Christian Jacob, L’Empire des cartes, 1992)

I. Todo empezó el día en que un hombre decidió observar los alrededores. Empeñado en reconocer su entorno más inmediato, este observador antediluviano escogió un punto elevado y comenzó a girar sobre sí mismo. En primer lugar, divisó los cobertizos de su aldea. Luego, el huerto, con sus hortalizas y sus endebles frutales. Más allá, pudo ver el río, y un poco más lejos, las robustas cabezas del ganado. Siguió el observador con los ojos bien abiertos hasta que topó con una gran montaña. Cegado por esta imponente imagen, decidió dar el día por terminado. A la mañana siguiente, el observador regresó al punto elevado y reinició el examen visual de sus alrededores. Primero, contempló a los niños de la aldea corriendo desbocados tras un conejo. Después, una charca plagada de ranas. Se abrió entonces ante sus ojos una llanura que no tenía fin. El observador se sorprendió: una delgada línea unía el cielo con la tierra, impidiéndole ver más allá. Había dado con el horizonte. Extrañado, regresó a la aldea, encendió un fuego y reflexionó durante horas. Había identificado todos los elementos de su entorno, pero aquella reverberada línea le ocultaba las cosas más lejanas. El observador había encontrado el límite de su visión: al igual que una montaña, el horizonte también velaba su mirada.

En el intento por formarse una imagen del mundo, el observador había descubierto que sus alrededores abundaban en misterios y enigmas, que existían límites y zonas incógnitas. Los elementos de su entorno no bastaban para representar el mundo en el que vivía, hacían falta nuevos lugares regidos por nuevas lógicas. De tal modo, el observador decidió que si bien no podía ver más allá del horizonte, sí que podía nombrarlo. Regresó nuevamente al punto elevado y de frente a la llanura fue señalando con el dedo diferentes puntos en el horizonte, asignando un nombre a cada uno de ellos. Estos nombres señalaban lugares que no existían pero que explicaban el entorno del observador: paraísos, avernos, islas, dioses, monstruos, abismos… que daban cuenta del curso de los ríos, de los ciclos del día y la noche, de la relación con la naturaleza, del origen y el destino. El observador había completado su imagen del mundo: a los elementos de su entorno había sumado una interminable lista de nombres, de lugares inexistentes que terminaron por configurar sus creencias, sus costumbres, su relación con el mundo.

II. Esta pequeña historia sobre cómo un observador cualquiera construyó su mapa del mundo esconde un esquema que podría sernos de gran utilidad a la hora de comprender el papel que juegan las producciones cartográficas hoy en día. Se trata de un esquema muy simple que ha estado presente a lo largo de toda la historia de la cartografía y que atiende al hecho de habitar una esfera y a la imposibilidad de una imagen total y directa de nuestro mundo. Ciertamente, el hecho de habitar una superficie curva privó a nuestro observador de una imagen de su mundo, esférico e inaprensible. Para salvar esta dificultad y ante la necesidad de una imagen total que explicara el funcionamiento de su entorno y, en definitiva, de todo el universo, el observador tuvo que construir la imagen que quedaba más allá del horizonte, la primera frontera. Observar los alrededores, construir el afuera: he ahí el fundamento de todo mapa, sus entrañas, su razón última.

III. Podría decirse que la tarea de representar el espacio es tan antigua como la de imaginarlo. En otras palabras, los mapas son tan antiguos como las utopías. El primer hombre que trazó un dibujo de su aldea ya tenía utopías: en su cabeza dormían despiertos incontables nombres que señalaban la existencia de lugares imaginarios. Mientras dibujaba frágiles diagramas de las murallas de su ciudad, de sus ríos y sus campos, el mundo se llenó de nombres que anunciaban por doquier lugares de luces y sombras. Estos nombres no tardaron en saltar del lenguaje al mapa, pues se habían consolidado como piezas fundamentales en el proceso de la elaboración de una imago mundi. Las utopías, esa construcción del afuera cartográfico, forman parte del mundo tanto como la tierra y el mar. Recordemos brevemente lo que de la Atlántida nos cuenta Platón: “Hubo terribles temblores de tierra y cataclismos. Durante un día y una noche horribles, todo nuestro ejército fue tragado de golpe por la Tierra, y del mismo modo la Atlántida se abismó en el mar y desapareció. He ahí por qué todavía hoy ese mar de allí es difícil e inexplorable, debido a sus fondos limosos y muy bajos que la isla, al hundirse, ha dejado” (Timeo 24c-25a). Las utopías construyen el mundo, se hunden dejando fondos limosos, huella geológica de un lugar inexistente.

IV. En este sentido, la construcción del afuera transforma por completo la naturaleza de la producción cartográfica. En este esquema o proceso los instrumentos necesarios para el establecimiento de una imagen del mundo no coinciden con los utilizados en la representación de nuestro entorno. La escala, los cálculos, el cartabón o el cuadrante quedan ensombrecidos por meros nombres de lugares inexistentes, por mares sin orillas, por objetos y seres prodigiosos… incluso por una proyección de nosotros mismos. Estos elementos tan propios de la utopía como de la cartografía hacen del mapa un proyecto sobre el mundo. No se trata ya de representar fielmente un territorio, sino de cómo queremos que sea. En el mapa se citan ciencia y literatura, observación e imaginación, se dan por igual distintos procedimientos que lo encaminan hacia una voluntad de completar el gran mosaico del mundo, de comprender nuestras formas de vida, de aprender a relacionarnos con la alteridad a partir de nuestro entorno. En un mapa la representación se torna proyecto, va más allá del objeto y se sumerge en la inmensidad de la superficie terrestre, en la curva sin fin del horizonte, en lo inagotable de nuestros sueños. Recordando de nuevo las palabras de C. Jacob, la condición necesaria para el nacimiento de la cartografía no es tanto la convicción de su materialidad, sino la convicción de la posibilidad de su materialización. Los mapas nacieron como proyecto, nacieron como el lugar natural de las utopías, pues éstas solamente existen en su representación.

V. Ahora bien, podríamos pensar que actualmente estas historias han quedado desfasadas por una pretensión cartográfica encaminada hacia la objetividad, la precisión o la neutralidad, que ya no queda sitio en este mundo para las utopías, pues no hay rincón de la Tierra que no haya sido descubierto, clasificado o explotado. Vivimos en un mundo conocido, hemos dispuesto en el cielo ojos electrónicos que escrutan el territorio, que nos localizan, que hacen de la representación del mundo un asunto aséptico, casi funcional. Ahora que lo conocemos todo, que podemos viajar rápida y cómodamente por todo el orbe, podría parecer que los mapas han perdido su componente utópico entregándose enteramente a una lógica de la objetividad, que los mapas solo sirven para orientarnos, para desplazarnos sin riesgos de un lugar a otro, para encontrar una calle, una tienda o un hospital.

Sin embargo, es precisamente este exceso de precisión y objetividad de nuestros días el que nos exige un retorno a los inicios de la cartografía, a nuestro observador, a los tiempos en los que poco o nada se conocía, al momento utópico de la construcción del mundo. Como señalara en su día John B. Harley, la cartografía raras veces es lo que los cartógrafos dicen que es. Los mapas no son objetivos, precisos o neutrales, esconden poderes intelectuales e imaginarios que los sitúan como una valiosa producción cultural. Los mapas son un reflejo de la cultura que los ha realizado, en ellos pueden encontrarse, aunque sea en los espacios en blanco, en sus silencios, los diferentes proyectos de cada época. Hoy en día nos vemos ante la imperiosa necesidad de crear nuevos proyectos sobre el mundo, nuevas representaciones que den cuenta de las fracturas existentes en este mundo pretendidamente homogéneo. En esta dirección, los mapas seguirán siendo el mejor lugar para nuestras utopías.

Pablo Jarauta

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